jueves, 3 de enero de 2013

Para escribir me gusta tener las uñas corticas.

Sentimientos encontrados que se sienten en el pecho, la sensación de que todo debería estar mejor o más perfecto (si es que más perfecto no es una imposibilidad) pero los sentimientos se vuelven una bola que aprisiona el pecho y dificulta que la mente piense. Tal vez estaba buscando acción, emoción, una lágrima, el fervor, un grito, una desilusión, un miedo , una reacción, una excusa, pero... no encontré eso. Encontré entendimiento y paciencia, encontré amor y solidaridad, encontré amistad y no sé si sabiduría pero encontré una paz tranquila y ligera que me veía con tierna devoción, luego sentí que sí, que era perfecto y yo sólo una triste loca demente que arremetía por la calles de Guanajuato sintiendo su acogedora realidad. Perdiéndome entre sus rincones coloridos, corriendo entre sus cervezas micheladas de la forma en que sólo México puede prepararlas, por que su color rojizo y su burbujeante personalidad es más que limón con sal. Es tomate, son almejas, es salsa inglesa. Simplemente yo estaba embrutecida por encontrar algo, un delfín, un guiño, una sonrisa, algo que dijera que la pesadez con la que estaba viviendo por las últimas 15021354.5478,245 horas eran ciertas y no sólo alteraciones de mi subconsciente regio, explosivo, bombardean-te. Ahora me voy, el estomago le pide una ensalada. 

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